
Subió, vestido de traje, con sombrero negro y bastón. Sus arrugas marcaban sus años. Me detuve en sus ojos, marrones, profundos, esos que guardan misterios indescifrables.
Me levante de mi asiento y se lo cedí.
Tuve que acercar mi oído a su boca, para escucharlo…
Pero que linda sonrisa tienes mujer! Cuanta dulzura hay en tus gestos! Con ellos conquistaras el mundo!
Gracias, muchas gracias, respondí, con inocente vergüenza.
Se quedo mirándome un largo rato como si estuviera leyendo mi alma…
Al bajar del colectivo, comencé a caminar, y mi alma atravesó miles de imágenes de mi niñez, recordé a mi mamá diciéndome… la dulce Natali… recordé el olor, el amor, los juegos infinitos en las arrugas de mi abuelo…
El tiempo se paró en milésimas de segundos y en ese lugar encontré mi esencia.
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